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La construcción que llegó desde París a Retiro en 1894

En 1888, el escritor Eugenio Cambaceres fue comisionado a París con el encargo de tramitar la participación de la República Argentina al año siguiente, en la Exposición Universal conmemorativa del centenario de la Revolución Francesa.

Si bien el delegado no consiguió que le otorgaran seis mil metros cuadrados, sino mil seiscientos, logró convencer a los organizadores de que la Argentina armaría un pabellón independiente del resto de las naciones latinoamericanas. Sería montado en el Campo de Marte, casi al pie de la flamante torre que estaba construyendo Gustave Eiffel, majestuoso símbolo de la exposición.

La rebeldía argentina, al querer aislarse del resto de la región, tuvo imitadores. Finalmente, casi todos los pabellones de las naciones sudamericanas fueron independientes. Para el proyecto argentino se presentaron veintisiete diseños que debían cumplir con un requisito fundamental: que la obra fuera desmontable para que pudiera ser llevada a Buenos Aires, una vez finalizada la exhibición. Eran tiempos en que se había puesto de moda la combinación de hierro con vidrio, como así también, las cerámicas y los mosaicos. Por lo tanto, su desarmado y transporte no sería complicado.

El arquitecto francés Albert Ballu fue obtuvo la licitación. Proyectó una mole de hierro y vidrio que alcanzaba los veintitrés metros de altura, exhibía cinco cúpulas y presentaba cuatro figuras aladas que coronaban las torres de sus vértices. Aclaremos que Ballú también fue elegido para diseñar el espacio de Argelia. ¡Ni que se los hubieran asignado por orden alfabético!

Durante su construcción, un grupo de soldados argentinos concurrieron a montar guardia en torno de las obras. Fueron escogidos considerando sus buenos antecedentes y se determinó que se quedaran todo el tiempo que durara la mega exposición que abrió sus puertas el 6 de mayo. La inauguración oficial de nuestro pabellón tuvo lugar el 25 de mayo. Ese día, el presidente francés, Sadi Carnot, concurrió a saludar al anfitrión, el vicepresidente argentino Carlos Pellegrini. Ambos entraron a la magnífica edificación al son de La Marsellesa.

Debemos reconocer que las instalaciones que nos representaban tenía una particularidad. Mientras el resto de la exposición finalizaba a las once de la noche, el Pabellón Argentino cerraba sus puertas a las seis de la tarde. Esto se debía a que estaba incompleto y se aprovechaban esas horas para avanzar con su construcción.

En el interior se destacaban grandes paneles con valiosas obras de arte, todas de artistas extranjeros. Tanto en la construcción como en la decoración, no participaron argentinos. Uno de los sectores estaba decorado con imponentes retratos de San Martín, Belgrano, Sarmiento, Rivadavia, Moreno, Lavalle, Dorrego, Paz, Vicente López, Vélez Sarsfield y ¡el delegado Cambaceres! También se exhibía una cámara frigorífica, clara invitación a que alguien más, además de Londres, nos comprara carne.

Por razones de inconsulta y embriaguez, los soldados argentinos fueron enviados de regreso antes del 31 de octubre, que fue el último día de la Exposición Universal. Se procedió, entonces, a desmontar el pabellón. La situación económica por la que atravesaba la Argentina hizo que las autoridades nacionales evaluaran venderlo, pero luego de idas y vueltas se resolvió cumplir con el plan original.

El transporte a Buenos Aires se realizó con un buque de bandera argentina, el Ushuaia, que se encontraba en Liverpool. Excesivamente cargado con unos seis mil bultos -solo de hierros había seiscientos cincuenta toneladas- acomodados en trescientos cajones, el barco inició la travesía transoceánica.

Una tormenta complicada obligó a deshacerse de enormes envoltorios que impedían las maniobras en la cubierta. Por este motivo, una parte del pabellón fue devorada por el Atlántico. Entre las pérdidas, figuran los paneles con las pinturas más valiosas, realizadas por Albert Besnard.

Asimismo, en esos días, se iba a pique la economía. Cuando desembarcaron las partes del pabellón, algunas en bastante deterioradas, la única preocupación era dónde podrían llevarse los hierros y las obras de arte. Fueron depositados en galpones de la Sociedad Rural de Palermo y allí se mantuvieron por dos años, empeorando su estado, hasta que se decidió su emplazamiento en Plaza San Martín, de Retiro, sobre una cuadra hoy inexistente (Arenales, entre Maipú y Florida), donde hubo cuarteles desde la época de los Granaderos de San Martín. Dicho espacio era conocido como «la barranca de Maipú».

Se completó el armado en 1894, gracias a la firma Juan Waldorp y Co. que tomó la concesión por quince años para realizar allí obras de teatro y conciertos. Pero no alcanzó a completarse el período porque la sociedad concesionaria quebró.

En 1898, la plaza San Martín fue escenario de una gran exposición nacional y el pabellón recuperó su función original. Volvió a pasar por un período neutro, pero fue decisivo en otro sentido: le dio distinción a la zona. Comenzaron a construirse palacetes y casonas por los alrededores.

En 1910, el año del Centenario, el Pabellón Argentino fue sede de la Exposición de Bellas Artes. Su éxito fue tal, que la estructura importada de París fue convertida formalmente en el Museo Nacional de Bellas Artes, a pesar de que el calor de verano y el frío invernal se hacían sentir en su interior y lo padecían las telas.

El histórico edificio vivió su época dorada durante unos veinte años, pero en 1932 se mostraba bastante deteriorado. Fue desarmado en 1933, cuando se resolvió la ampliación de la plaza San Martín hasta la barranca de la avenida Alem, a metros de la estación Retiro.

Los vitraux, las mayólicas y las estructuras metálicas fueron a parar a un depósito municipal en Austria y la actual Libertador. El Consejo Nacional de Educación propuso reconstruirlo en Entre Ríos y Constitución, en la zona sur de la ciudad, pero la iniciativa no tuvo eco. Las partes quedaron en el depósito. Allí solo eran hierro y paneles. Cuando dos años después se vendió el terreno público, ya nadie reparó en su pasado.

Las cuatro figuras aladas de bronce se salvaron y aún hoy adornan rincones de Buenos Aires en: Crámer y Virrey del Pino, Cabildo y San Isidro, Ristra y Leguizamón, y la plaza Sudamérica, ubicada en Villa Lugano.

Hace veinte años, la historiadora Josefina del Solar contó que se había topado con fragmentos del Pabellón Argentino en el fondo de una casa de Mataderos. Nos preguntamos qué hubiera sido de la torre Eiffel si nos la hubieran enviado

Fuente: La Nación

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